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Miércoles 7 de Octubre de 2026

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CULTURA

7 de octubre de 2026

Cómo predecir quién ganará el Premio Nobel de Literatura (y tres sugerencias)

La Academia Sueca no saca los nombres de la galera, siempre hay condicionamientos de la realidad a tener en cuenta. Aquí, cuáles son algunos. Y un modesto aporte a la lista

Cómo predecir quién ganará el Premio Nobel de Literatura (y tres sugerencias)

Fuente: Netfan Servicios

La gente que mira de cerca el siempre indescifrable comportamiento de la Academia Sueca, que otorga el Premio Nobel de Literatura, ha detectado que, desde hace unos años, estos sommelliers máximos de las Letras del mundo decidieron que era justo tener ganador-ganadora-ganador-ganadora. Como el año pasado tocó "ganador" -fue el escritor húngaro László Krasznahorkai-, ahora habría que mirar a las mujeres (esto, sin entrar en la conversación de a quiénes considera mujeres la Academia).

En fin que mañana jueves a las 8 de la mañana hora argentina se abrirá esa puertita mágica y entonces Ingrid Carlberg, secretaria permanente de la Academia Sueca, dirá el nombre de quien resulte consagrado.

Muchas veces, la Academia pispea con un ojo lo que pasa en el mundo y, en su elección, opina. Nunca es frontal: quien quiera entender, que entienda. Así, leímos el Nobel al turco Orhan Pamuk como un apoyo a cierto intento de Estambul de acercarse a la Unión Europea. Y leímos como un señalamiento sobre el antisemitismo el Nobel a Patrick Modiano, que es el escritor de la Ocupación nazi de Francia, el que había señalado la colaboración de algunos franceses. ¿Tenía algo que ver eso con el Premio? Por esos días, 2014, se hablaba de un rebrote antisemita.

Louise Glück lo ganó en 2020, primera presidencia de Donald Trump. ¿Justo a una estadounidense? Bueno, a una a quien Obama le había dado la medalla al mérito en las Artes y Humanidades, en medio de abrazos. Como si la Academia apuntara ese otro Estados Unidos.

No siempre es sencillo entender qué están premiando -además de buena literatura, lo que se descuenta- ni hay una sola interpretación. Pero así parecen ser las cosas.

Dicho esto: ¿qué premiarán ahora? Si es por lo que está pasando en el mundo, lo que está pasando son guerras, es el avance de la derecha y sus valores en muchos países -impresionante la mancha azul de América latina-, es la pasión y el miedo por la Inteligencia Artificial, es la crisis de la vivienda en países más bien ricos, es la idea de que nuestros hijos vivirán peor que nuestros padres.

También apareció una pandemia -la Academia mira períodos largos- y apareció rápidamente una vacuna; todos los días hay avances médicos y los mayores de 60 ya no son abuelitos venerables sino adultos activos y con proyectos.

Todas esas cosas pasan, y más.

¿Y en la literatura? Tiradas más chicas, claro. Porque la literatura no ocupa el espacio social que tuvo hace años. Ningún escritor parece tener la dimensión de un Gabriel García Márquez, de un José Saramago; quizás el último haya sido Mario Vargas Llosa. Pero no por su literatura, por su papel de intelectuales más allá de las fronteras. (Aunque el reciente furor por Emmanuel Carrere en Buenos Aires pareciera desmentir esta afirmación).

Pero los escritores -ojo- se han vuelto fundamentales en la producción audiovisual que sí es masiva y sí es una forma privilegiada de consumo cultural de nuestro tiempo. ¿Premiará esto la Academia? Por las producciones sobre las obras de Claudia Piñeiro, de Mariana Enríquez, de Martin Amis, de Margaret Atwood...

Otra cosa que pasó y está pasando que emergieron las autoras nacidas en los años 70 (o casi). Una de ellas, Han Kang, ya ganó el Nobel, en 2024. Vienen de abajo y se meten con temas sociales, su literatura no es realista, no es un espejo pero, de algún modo, interviene en el debate político. Como ella, podrían haberlo ganado las argentinas Gabriela Cabezón Cámara, Mariana Enríquez, Ariana Harwicz, Samanta Schweblin y Selva Almada, la ecuatoriana María Fernanda Ampuero, la mexicana Guadalupe Nettel, las chilenas Lina Meruane y Nona Fernández o las españolas Pilar Adon y Sara Mesa. ¿Tienen chance ahora? Lo merecen y se supone que no hay ningún obstáculo pero, para mí, el de Han Kang las aleja un poco.

Siempre suena -aunque él mismo crea que no tiene oportunidad ahora, por ser varón- el nombre de César Aira. ¿Podría ganar este argentino hiperproductivo, que afirma escribir sin corregir, que juega, que mezcla registros, que no se toma en serio? ¿Qué diría si ganara? Tal vez que la literatura sigue viva y es independiente del día a día. Que es placer -y angustia, por qué no- y que está viva y no es sagrada. Que sacralizar puede ser esterilizar.

Y están esos autores, por todos lados, que llenan salas enormes cada vez que se presentan. En la Argentina, Felipe Pigna -que habla de Historia- y Darío Sztajnszrajber, que se ocupa de Filosofía. Figuras como ellos expresan algo que el premio suele buscar en los escritores: la capacidad de transformar preguntas abstractas en una conversación compartida. Ayudan a pensar que no desapareció el público para la cultura sino que se modificaron los escenarios, los lenguajes y las formas de circulación. ¿Los tendrán en cuenta?

O los periodistas, que en muchos países, democráticos o no, están sufriendo agresión y descrédito. ¿Son algo a señalar? ¿La Academia podría premiar a alguno por sus libros de investigación? Un Nobel para la no ficción también sería una manera de reconocer que, en tiempos de propaganda y desinformación, la investigación, el testimonio y la escucha pueden tener la misma potencia literaria que la novela. Svetlana Alexiévich ya abrió esa puerta con Voces de Chernóbil.

En fin: ¿quién ganará el Premio Nobel? Yo no tengo idea pero sí algunas sugerencias. Señores de la Academia, tomen nota:

Se lo daría sin dudar por Las gratitudes, una novela que se mete con la vejez y con el deterioro y termina construyendo un mundo luminoso en base a lo mejor de los seres humanos.

La protagonista fue fotógrafa, fue correctora de textos, pero ahora es una anciana que está en su casa y un día no consigue levantarse del sillón. No puede vivir más sola, va a un geriátrico. . Lo más grave es que las palabras se le pierden de a poco. Intenta decir algo y termina expresando otra cosa apenas similar. Sus interlocutores y nosotros, sus lectores, logramos comprender y reponer lo que falta. Ella, que siempre trabajó con palabras, siente el golpe de una discapacidad creciente.

Por ejemplo:

"¿Estás segura de que no me harán pasar una prueba de… admonición?, ¿que no tendré que hablar con flaqueza… para que me acepten?".

Sí, claro. Una prueba de admisión. Hablar con franqueza. Pero también… ¿no hay algo de "admonición" en esa prueba? ¿No habrá flaqueza en esa franqueza?

Uno de los mayores méritos de la obra es ese lenguaje: cómo no se entiende pero se entiende y cómo significa más de lo que dice: una proeza.

El tema es que así, con ese idioma que se desmorona y en esa fragilidad, la mujer se vuelve un sostén imprescindible de algunos jóvenes que la cuidan. Porque no hay edad para los dolores, para estar golpeado, para necesitar una mano. Y para la solidaridad y el cariño, salvadores.

Le daría el Premio Nobel a este autor italiano por El aniversario, una novela que destroza la idea de familia feliz bajo el patriarcado. ¿Otra novela más sobre padres opresores? Sí, pero esta tiene una particularidad: el hijo que sufre por el machismo y cuenta ese dolor es un varón, blanco y heterosexual. No es lo más habitual.

El tipo viene sufriendo eso -y la inmovilidad de su madre- desde chico, pero ahora es grande. Un adulto que se arranca el pelo de la barba -¡un hombre, barba!- por la angustia que le produce su padre. Y que un día saluda como si tal cosa y se va para siempre. A otro país.

No es una novela de golpes -aunque hay- sino, sobre todo, de un nivel de presión y control de un hombre sobre su mujer primero y sobre sus hijos después. En charla con Infobae, el autor habló de cómo se encubre la violencia familiar, con la peligrosa idea de que los trapos sucios se lavan en casa: "Mientras no veamos sangre bajo la puerta, no debemos decir nada", dijo.

Es nigeriana, vive en Estados Unidos porque pudo. Una nigeriana hija de un académico, lo que le daba alguna ventaja pero, ojo, a algunos incluso mejor parados socialmente que ella eso no los ayudó a ser menos "un negro" en el extranjero. Porque en Nigeria, claro, no era negra. Digo, eso no era un tema. Y, en Estados Unidos, lo es.

Se piensa en la raza -escribe Chimamanda- la piensa en las grandes cuestiones y también en detalles como la ausencia de modelos negras o de productos adecuados para su piel en las revistas de belleza, porque al hablar de las características de un ser humano se tiene en mente a los blancos. En cambio, si se habla de alguien que anda en drogas o las vende, de inmediato se sospecha del negro o la negra de la escuela.

Quiero el Nobel para Chimamanda por Americanah, esta novela donde cuenta cómo se volvió negra y qué significó. Cuenta, también, la vida en la clase media intelectual nigeriana, que a veces pasa apuros económicos que salva una tía amante de un general. Porque de eso también hay en un país complicado.

Dice cosas como: "El país carecía de esperanza, los coches permanecían días enteros en largas y sudorosas colas para llenar el depósito, los jubilados enarbolaban pancartas ajadas exigiendo sus pensiones, los profesores universitarios se congregaban para anunciar una huelga más".

Mira con profundidad y con originalidad, muestra si para un blanco un negro es un negro, para un negro estadounidense, un negro nigeriano es un africano. Se anima a meterse con eso.

Ya sé que el Nobel no se da por un solo libro pero eso es cuestión de la Academia Sueca. Para mí, con estos textos alcanza.

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