A las 6.29 de la mañana del 7 de octubre de 2023, las alarmas sonaron en el sur de Israel y miles de personas hicieron lo que hacían cada vez que sonaban. En cada casa, entraron a los cuartos de seguridad y esperaron. En los kibutz cercanos a la Franja de Gaza, la rutina de los misiles era eso. A cinco kilómetros de la frontera, en un descampado cerca del kibutz Re'im, unos 3000 jóvenes bailaban en la fiesta electrónica Nova desde la noche anterior. A las 6.30 la música se cortó.
Lo que vino después no fue un ataque con cohetes. Unos 6.000 terroristas de Hamas y otras facciones armadas cruzaron la frontera por tierra y aire, irrumpieron en 22 comunidades civiles, bases militares y el predio de la fiesta. Mataron a 1200 personas —civiles en su mayoría, entre ellos 36 niños— y secuestraron a 251.
En el festival Nova murieron 364. En el kibutz Nir Oz desapareció más de la mitad de la población. En Be'eri asesinaron al 10% de los residentes. Hubo ciudadanos de al menos 41 países entre los muertos y los rehenes; Argentina fue uno de los más afectados.
Tres años después, todos los rehenes con vida fueron liberados, los últimos tras más de 700 días de cautiverio.
Lo que sigue son cinco historias de argentinos que estuvieron ahí. En la pista de baile, detrás de una puerta blindada, dentro de un túnel, corriendo descalzos por el desierto o de la mano frente a cinco hombres armados. Cada uno sobrevivió de una manera distinta. Ninguno terminó de salir del todo de ese infierno en su memoria.
Victoria Heller llevaba un año y medio en Israel cuando su compañero de trabajo le hizo un regalo la noche del 6 de octubre de 2023. Era una entrada para la fiesta Nova. Salieron a las once de la noche. Ella es argentina.
Bailaron hasta las seis de la mañana. La fiesta, contó Victoria, fue increíble. Había un montón de gente. A las seis y media salió a mirar qué pasaba afuera. Miró al cielo y vio un misil. Después dos. Después tres. Después cuatro o cinco, paralelos, cruzando la oscuridad que empezaba a aclararse.
Se dio vuelta. Su compañero seguía adentro. Lo llamó: "Vamos. Vámonos de acá".
Muchos no se fueron. Muchos dijeron lo que se dice cuando los misiles son parte del paisaje. "Ah, son misiles, está bien, quedémonos hasta que paren y después seguimos". Se escondieron en los baños de la fiesta, en los freezers de los bares. "Murieron todos", dijo Victoria.
El cielo estaba lleno de misiles que explotaban cerca. Gente en el piso, gente gritando, gente que no sabía para dónde ir. Victoria lo describió así en un documental de Veo Israel. "El escenario era un horror. Realmente era una película de terror".
Entre las seis y media y las siete y cinco de la mañana, nadie supo nada. Las primeras personas que salieron del predio murieron. Victoria y su pareja salieron hacia el sur porque la policía había cerrado la salida norte. Ahí ya sabían que había terroristas. Ella escuchaba una palabra que le repetían en hebreo, "mehablím", y no la entendía. No estaba en su léxico. Pensó que se trataba de otra clase de misiles. Su pareja sí entendía. Mehablím significa terroristas.
Hicieron un kilómetro y medio hacia el sur y la ruta también estaba cortada por policías. Victoria le dijo a su compañero. "No importa la policía, vos seguí viajando. Cruzalos por el costado y seguí viajando". Pasaron. Días después, cuando se encontró con conocidos, entendió que de esa salida no habían sobrevivido muchas personas.
"Sabés que es ahora o nunca y que estás por morir, que podés morir en cualquier momento - describió Victoria en el documental-. Es mucho peor que el miedo. Es una sensación de asfixia, de pánico, de nerviosismo."
Le llevó casi cinco días entender lo que había pasado. Lo que fue llegando en esos días no se parecía a una guerra. Victoria lo llamó sadismo. Mutilaciones, violaciones, cuerpos quemados. La familia de una amiga suya fue quemada viva. "Todos tenemos a alguien raptado o muerto", dijo.
"No eran soldados, no era una guerra, eran niños que fueron asesinados en una fiesta. Nada más que eso."
Daniela Gimena Russo es DJ y tatuadora, no tenía planeado ir a la fiesta Nova. Hacía cinco años que había salido de Argentina y se la pasaba viajando entre América Latina y Europa. El 1 de octubre de 2023 había llegado a Tel Aviv con amigos, después de pasar por París y Budapest. Tenía vuelo de regreso a Francia para la tarde del sábado.
"Nos enteramos que tocaba un amigo mexicano y decidimos casi esa misma noche del viernes ir a verlo", contó Russo a Infobae. Alquilaron dos autos y arrancaron hacia la zona cerca de las 23. No sabían que el predio quedaba tan cerca de la Franja de Gaza. "Era un lugar amplio al aire libre, cercado y en el fondo una plantación de olivos."
El amigo al que iban a ver recién tocaba al mediodía del sábado. Por eso mucha gente había llevado carpas y reposeras. La fiesta pintaba para ser muy larga.
A las seis de la mañana, Daniela y dos amigos fueron hasta el auto a descansar. Se sentaron y empezaron a ver cómo se iluminaba el cielo. Primero pensaron que eran fuegos artificiales. Después se cortó la música y escucharon una voz en hebreo que no entendieron.
Lo que Daniela estaba viendo era el escudo de defensa israelí haciendo estallar en el aire los cohetes de Hamas. En simultáneo, los terroristas llegaban armados hasta las puertas del predio.
Un joven israelí se acercó al auto y le explicó en inglés lo que estaba pasando. Empezaron a irse. Cuando Daniela se comunicó con sus amigos del otro coche, le gritaron: "Bajen del auto y corran".
Corrió por el campo y empezó a escuchar los primeros disparos. Llegó hasta un búnker, apenas un galpón de hormigón repleto de personas con miedo. Algo le dijo que tenía que salir de ahí. Que serían blanco fácil. Salió con otras personas y siguió corriendo. "Se escuchaban disparos desde todos lados. A veces delante mío y otras detrás." En un momento perdió a un amigo que se quedó refugiado en una zona de bosques.
Minutos después de que Daniela salió del galpón, una explosión lo sacudió. Habían atacado el búnker con granadas.
Daniela corrió durante cuatro horas a campo traviesa. Una parte del recorrido la hizo descalza. Tenía unos borcegos que le había regalado su hermana. "Los quería mucho." Al zapato izquierdo se le rompió la suela. Siguió cargándolos un rato, pero le pesaban demasiado y los descartó en el medio del campo. Le quedó un esguince de tobillo, la única herida física que sufrió.
Se metió en un campo de olivos y de ahí llegó a un container donde había otras siete personas, algunas con heridas de bala. Una de las chicas era militar, estaba de franco y había ido a la fiesta. Mandó mensajes a sus colegas con la ubicación. Un rato después llegó el primer escuadrón de rescate, que evacuó a los heridos. Luego, un par de camionetas para el resto.
Los borcegos que le regaló su hermana quedaron para siempre en algún lugar del desierto israelí.
La mañana del 7 de octubre de 2023, en el kibutz Nir Oz, Iair horn escuchó la primera alarma a las 6.29. Su hermano Eitan había llegado de visita desde Kfar Saba para pasar Simjat Torá. Dormía en el salón. Para Iair, la alarma era rutina. Tan normal que después de escucharla salió a fumar un cigarrillo. Lo que no era normal fue lo que notó enseguida. En todas las visitas anteriores de Eitan, nunca había sonado una alarma. Era la primera vez.
Lo invitó a pasar al cuarto de seguridad. Cada casa en la zona tiene uno, preparado para resistir misiles. No tiene puerta blindada. No tiene traba. Lo único que separaba a los dos hermanos de lo que venía era una puerta común.
Llegó un mensaje por el sistema de comunicación interno del kibutz. Alertaban sobre la presencia de terroristas dentro de la comunidad. Después, los disparos. Después, los gritos. Nir Oz era una comunidad de 400 personas. Su padre, Itzik Horn, contó a Infobae que tras el ataque faltaba uno de cada cuatro: muerto, desaparecido o secuestrado. De los 251 rehenes tomados ese día, 75 eran de Nir Oz.
Los terroristas forcejearon la puerta una, dos, tres veces. A la tercera dispararon. Las balas pasaron entre las piernas de Iair y pegaron a un centímetro de la cabeza de Eitan.
Iair decidió abrir la puerta y salir con las manos en alto. Intentó escudarse con su cuerpo para que no vieran que había alguien más adentro. No le dispararon. Lo esperaban cuatro camionetas. Lo subieron a una, con un AK-47 apuntándole.
A Eitan no se lo llevaron con él. "Quedó en casa. Pero un tiempo después se lo llevaron a él también", contó Horn.
A Iair lo montaron en una moto. Un terrorista adelante, otro atrás. Ya dentro de Gaza, aceleraban y gritaban: "Yadud, yadud" —judío, judío—. Se acercaba una turba y golpeaban. "Piñas, piñas, piñas", dijo Horn. Quinientos metros, ochocientos metros, frenaban, gritaban de nuevo, otra turba, más golpes. Así varias veces hasta que lo bajaron en una casa que tenía una entrada a los túneles.
Lo que siguió fueron 498 días bajo tierra. Horn describió los túneles como "el laberinto más grande que me tocó visitar en la historia". Celdas donde dormía con otro rehén en un colchón, pasillos donde no podía abrir los brazos, tramos de metro setenta de altura y otros de 70 centímetros. Paredes de cemento, pisos de tierra, algunos sectores con azulejos. Se bañaba una vez por mes.
Tardó cinco días en ver a Eitan. Cuando se cruzaron en una casa donde los terroristas organizaban a los rehenes, los dos hermanos tomaron la decisión de no decir que eran familia. Después de 50 días, tras el primer acuerdo que liberó a mujeres y niños, los juntaron en el mismo grupo. Pasaron el resto del cautiverio juntos.
La violencia física no fue lo peor. "El físico, mal que mal, lo sufrirás más o menos, pero lo podés recuperar", dijo Horn. Lo peor fue el terror psicológico. Todos los días. "No le importa a nadie, mañana te mato, mañana mato a tu hermano, mañana reventamos todo el túnel con todos adentro."
Una vez le ofrecieron afeitarle la cabeza con una navaja. Mientras el captor se la afeitaba, iba cortándole el cuero cabelludo. "No me afeitaba solo el pelo, sino que me iba cortando y cortando y cortando de a poco toda la cabeza", contó. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Su estrategia de supervivencia fue una forma de aceptación radical. "Mi truco fue darme por muerto. Ya estaba bajo tierra. En el momento que decido eso, cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día, es ganancia."
El peor momento de los 498 días no fue un golpe ni una amenaza. Fue el día que lo liberaron, el 15 de febrero de 2025, y dejó a Eitan adentro. "Para mí ese fue el peor momento, el peor día de todo el cautiverio."
Eitan Horn fue liberado el 13 de octubre de 2025, a los 738 días de cautiverio, en el marco del acuerdo de liberación de rehenes.
La familia Kohan (Sergio, su esposa y sus dos hijos) había preparado todo para ese sábado de celebración en el kibutz Ein Hashlosh. Cada familia aportaría lo suyo: knishes, pletzalej con pepinos y pastrón. El hijo mayor había venido de visita desde Beer Sheva, donde estudiaba en la universidad. La fiesta iba a ser completa.
A las seis de la mañana, cuando toda la familia dormía, saltaron las alarmas. Los Kohan entraron al cuarto de seguridad medio entresueños. Esperaban que el escudo antiaéreo hiciera lo de siempre. Un día más de rutina antes de la fiesta con los vecinos.
Tras las primeras explosiones, salieron del cuarto. Por WhatsApp empezaron a llegar las primeras informaciones. Habían bombardeado las cámaras de seguridad de la frontera, derribado el muro con topadoras, y caravanas de camionetas entraban a territorio israelí. Les pedían que se quedaran encerrados. Prendieron la televisión. Sergio pensó que eso no podía estar pasando.
Cerca de las 10 de la mañana, la esposa de Sergio se asomó por una de las ventanas y los vio. Tres hombres a cara descubierta, en el jardín de su casa. Del shock, no recuerda si estaban armados. No llegó a verlo o negó en su mente esa posibilidad.
Los Kohan corrieron de nuevo al cuarto de seguridad. Apagaron la televisión y las luces. Sergio les pidió a todos que pusieran los celulares en mute. Empezaron a mandar mensajes de alerta por WhatsApp a la policía y el ejército. Les respondían que ya estaban en camino.
Las voces de los hombres, esas que Sergio y los suyos nunca se van a poder sacar de la cabeza, estaban cada vez más cerca. Escucharon el estruendo de un vidrio que se rompió en mil pedazos. Después, los pasos que se acercaban a la puerta. Sergio agarró el picaporte. Del otro lado estaban los terroristas de Hamas, separados por una puerta.
Mía Kohan, la hija menor, tenía 18 años. Fue ella la que intentó callar a su madre y a su hermano, que lloraban y rezaban. "Yo intentándolos callar para que no nos escuchen", escribió después en una carta que su padre publicó. "Tres terroristas entraron a nuestra casa gritando, riéndose, con la intención de asesinarnos. Rompieron todo lo que veían a su vista, robaron también todo lo que pudieron. Rompieron fotos familiares, con amigas mías de Argentina y de acá. Dieron vuelta toda la casa, nos desvalijaron todo."
La tensión cedió por un momento. Se profundizó un silencio que hizo sospechar a los Kohan. "Teníamos miedo de que estuvieran preparando una emboscada. De salir y tenerlos agazapados en la cocina o en otro lugar de la casa", explicó Sergio a Infobae.
Cuando por fin pudieron salir, Sergio encontró su auto con sangre en el techo y los paneles arrancados. Le habían robado muchas pertenencias, pero no se habían llevado el coche. Funcionaba. Subió a la familia y manejó hasta Beer Sheva. De ahí siguieron hasta Eilat, la ciudad portuaria sobre el mar Rojo, en el extremo sur de Israel.
En agosto de 2025, los Kohan volvieron a la casa del kibutz. Donde antes había cuatro familias con permiso privado para usar armas, ahora hay 60. Dos unidades del ejército conviven con la comunidad.
"No voy a mentir. Hay veces que tengo miedo que vuelva a pasar algo parecido", admitió Sergio en una nota a Infobae. Retomó su trabajo en la fábrica de encuadernaciones que queda cerca de su casa. Pero todavía resuenan en su cabeza los sonidos del 7 de octubre de 2023.
Moshe Rozen pasó 50 de sus 72 años viviendo en el kibutz Nir Iezjak, a 35 cuadras de la Franja de Gaza. Ahí conoció a Diana, también argentina, y se casaron dentro de la comunidad. Ella estaba a cargo del comedor, donde llegaron a alimentarse 500 personas por día. Él se dedicó durante años a algo que el 7 de octubre de 2023 iba a sonar como de otro mundo. Cada viernes se reunía con grupos de israelíes y palestinos para dialogar sobre paz.
Se juntaban en un viejo yacimiento de sulfuro que había sido operado en forma conjunta por las dos comunidades y había quedado en desuso. "Pero muchos de los palestinos que participaban se fueron alejando porque eran perseguidos por Hamas y los amenazaban para que no participen de los encuentros", contó Moshe a Infobae desde la cama de un hospital de Jerusalén.
Ese sábado, Moshe se levantó temprano. Se había elegido una pila de libros y suplementos literarios para leer en el día de descanso. Cerca de las siete de la mañana escuchó el altavoz del kibutz con la señal de alerta. La rutina de siempre. Llega la alerta, se meten en las habitaciones seguras y escuchan las explosiones en el escudo de defensa. Pero esa mañana Moshe y Diana empezaron a ver gente extraña por las calles del kibutz. Después, armas largas y voces en árabe. "No fue la incursión de un terrorista. Fue una invasión militar regular", dijo Rozen.
Se metieron en la habitación de seguridad. Los terroristas derribaron la puerta de la casa con un objeto contundente. Moshe y Diana escuchaban, escondidos, cómo rompían las mesas y las sillas, cómo abrían los armarios, cómo quebraban platos y vasos. Les gritaban insultos en árabe. Les daba miedo hasta respirar.
Los terroristas descubrieron el escondite. Intentaron forzar la puerta blindada. De un lado empujaban los milicianos. Del otro, Moshe y Diana agarraban el picaporte. Hubo un silencio. Y una ráfaga de ametralladora atravesó el cuarto y les hirió las manos. Las mismas manos que sostenían la puerta.
La puerta cedió. Cinco hombres armados, cara a cara. "Los veía muy nerviosos y enojados. Estaban muy en alerta. Creo que querían evitar ser descubiertos por las patrullas del ejército que se acercaban", contó Moshe.
Los empujaron fuera de la casa y los arrastraron por el bosque hacia la frontera con Gaza. Evitaban los caminos principales para no cruzarse con los militares israelíes. Moshe y Diana se golpeaban contra los árboles. Él tenía toda la ropa teñida de rojo por la sangre y empezaba a ver nublado.
Llegaron hasta el alambrado que separaba las viviendas del kibutz de los cultivos y, a poca distancia, de la frontera. Moshe vio el hueco por donde los milicianos habían entrado. Pasó el primer terrorista, el segundo, el tercero, el cuarto. Quedó el quinto, del lado de Moshe y Diana, haciéndoles señas para que cruzaran.
Moshe tomó la mano de Diana. Dijo algunas palabras en inglés y después los gestos universales. Les dijo que necesitaban un hospital. Que no iban a ir a Gaza con ellos. Se negó.
Y en un segundo que debe haber sido eterno, Moshe y Diana se dieron vuelta y empezaron a correr hacia el kibutz. Esperaban la ráfaga en cualquier momento. No llegó. "No puedo explicar cómo nos salvamos", dijo Rozen.
Empezaron a deambular por la zona. Muchos vecinos no les abrieron la puerta por miedo a que fueran parte de una trampa. Hasta que un hombre que los conocía hace muchos años los dejó entrar. Les hicieron las primeras curaciones. Un par de horas después llegó el ejército para trasladarlos al hospital.
Desde esa cama en Jerusalén, con las manos vendadas, Moshe Rozen le dijo a Infobae que quería retomar los diálogos de paz con la comunidad palestina que vive a 35 cuadras de su kibutz.